Hace 4 meses que no escribo. Justamente cuando me han pasado muchísimas y trascendentes cosas he tenido un momento de “desafección” con ésta bitácora. Lo que he acabado y he empezado, si como persona fuera historia, sería como un cambio de siglo.
Ingeniero
Cuando terminé el colegio el ‘99 tenía una idea vaga sobre que quería estudiar. Llevaba un rato decantado por la ingeniería, pero la informática no era mi camino natural. Apenas tenia un computador disponible hace poco tiempo y nunca fui precisamente un computín. Pero elegí esta carrera, en parte por descarte, en parte por un proceso de convencimiento paulatino.
La U fue el paso del mundo pequeño al mundo grande; geográfico, etáreo y mental. En la primera etapa gané amigos, en la segunda kilómetros y mundo y en la tercera templanza. Las cosas siempre fueron bien, pero fue necesario un ajuste al finalizar, que se tradujo en decisiones y acciones arriesgadas y en una memoria de título que significó uno de los mayores desafíos personales en cuanto a la necesidad y capacidad de perseverar en un escenario de creciente tensión. Mi necesaria Odisea particular.
El mundo
Nací en un continente promedio, en un país promedio, en una ciudad promedio y en un barro barrio promedio. Los primeros 8 años los pasé en dictadura y los siguientes en la resaca que viene después de ello. Es decir, un mundo apático, acomplejado, pero aspiracional. En 2004 me fui a Alemania por estudios, siguiendo un instinto de apertura , que antes suplí de maneras diversas. Clichés aparte, en Alemania tenía un buen sparring para probar audacias, miedos y contrastar el mundo conocido. A la vuelta me pasé dos años, entre estudios y, por probar, en la dirigencia estudiantil. Como aún me quedaban ganas, decidí irme a España, previo auspicio de la Universidad y otra vez siguiendo la intuición. Ya iban dos. O sea que mi fama de racionalidad analítica tenía un espacio para los impulsos.
El amor
Conocí a Caterina en Alemania. Aunque todos pueden ser generales despues de la batalla, creo que en ese momento volví a funcionar por intuición. Supongo que por eso, al despedirme por ella en la noche que nos conocimos, no le pedí el teléfono ni ninguna clase de información de contacto. Estaba seguro que nos volveriamos a ver. Los siguientes seis meses fueron de aquellos en que tienes la certeza diaria de que estas viviendo los meses más irrepetibles de la vida. Los que contaremos a los nietos.
La vuelta fue imprecisa, insegura y complicada. Fue lo natural. No habia previsión razonable de que las cosas convergieran en el punto en que estamos ahora. Todo lo que pasó en adelante fue una mezcla de aquello. Imprecisión, inseguridad y complicaciones. Pero había una segunda certeza proveniente de lo no-analítico y es que estaba seguro de que la historia no se acababa allí. Y la historia es larga e inefable.
En agosto de 2008 nos casamos. Entremedio, ella conoció mi país y mi familia y yo conocí la suya. Entremedio la paciencia de la espera y peor aún de la espera sin fecha conocida. Y el triunfo es de ambos y de quienes nos acompañaron.
Nueva vida
En marzo me titulé y en pocos días volé a Palma de Mallorca para iniciar en toda regla la “vida de casado”. Con crisis y malos augurios incluídos tuve suerte y a 3 días hábiles de mi arribo conseguí trabajo de desarrollador en una empresa de software local.
Son meses de estabilización, asentamiento, papeleos, residencia legal, pulpomóvil nuevo y por sobre todo, acondicionamiento de la casa de pueblo donde viviremos en los inciertos próximos años que pasemos en Ses Illes. También toca acostumbrarse a una nueva cultura, idioma y nuevos modos de vivir. De momento, con una agradable sensación de sin-prisa-pero-sin-pausa.
4 meses, desde que llegué que no escribo. Cabos sueltos que voy atando.