La ya archiconocida situación que generó el senador Girardi luego de que su reclamo ante la subsecretaria de Carabineros ocasionara una sanción a los funcionarios que lo partearon ha evolucionado de un modo muy particular. En general, desde los ochenta, los escandalillos han sido dirigidos por la prensa, especialmente la televisión y en cierta medida por los diarios y la radio. Las conversaciones en las casas y oficinas daban cuenta de una sensación ambiente que los medios recogian como podían, sin embargo, éstas se quedaban dentro de una esfera pública muy acotada.
A Girardi, para su mala suerte, le tocó un nuevo escandalillo personal (todos sabemos que no es el primero) en tiempos en que los ciudadanos escriben en forma masiva en blogs, usan redes sociales, twittean-incluso con el mismisimo Senador- forman grupos tipo “Yo tb creo que Girardi es un tal por cual” y participan comentando en los sitios de internet de los medios tradicionales, los cuales visitan asiduamente y donde encuentran contenidos actualizados a todas horas. Como decía, para mala suerte de Girardi, las posibilidades de “linchamiento público” que otorga la red han crecido y son más potentes. La prueba es que Girardi ha ido cambiando y suavizando su discurso ha medida de que la sensación de indignación expresada por estos canales se ha hecho insostenible. El General Gordon, por su parte, ha tenido que salir a decir que “revisará la situación de los sancionados”.
En su momento la televisión produjo un efecto parecido apropiandose de la agenda pública y los políticos debieron empezar a cuidar mejor su imagen comunicacionalmente, al menos mientras la TV mantuviera los temas vigentes. Hoy, muy de a poco, los ciudadanos cuentan con herramientas para mantener por más tiempo la agenda, sacar algunos tópicos nuevos o recordar y vincular con los antiguos. Los políticos tendrán más dificultades, ya no solo para mantener una imagen del momento, sino para mantener la coherencia histórica en sus discursos.





