
En la escuela básica recuerdo que se consideraba un valor el hecho de que los estudiantes se mantuvieran callados mientras trabajaban. Los conversadores se consideraban como una especie de paria; elementos distractivos para el éxito del colectivo. Habían muy pocas instancias en que se produjera un ambiente de comunicación entre los alumnos con la dirección del profesor(a) a cargo . Es decir, el trabajo se consideraba una actividad eminentemente individual.
Suelo leer en foros que la gente se indigna con los políticos cuando ven que estos dan opiniones en la red o llaman a apoyar a sus camaradas. El argumento es “trabajen que para eso les eligimos/pagamos”. Es decir, trabajo y comunicación aparecen disociados.
Hace poco leía el caso de Reyes Montiel, diputada de IU por Madrid y reciente incorporación de Las Ideas. La diputada fue impedida de twittear en una comisión de investigación por un caso de espionaje. Ante el caso, la mayoría defendió su libertad, pero las críticas fueron principalmente del corte: “debería dedicarse a trabajar”.
También he visto como se ha criticado en Twitter a políticos como Guido Girardi o Sebastián Piñera por estar “perdiendo el tiempo”.
Al parecer, la idea fundamental de los políticos tradicionales es que deben siempre parecer “muy ocupados”. Aun si no hacen nada, el parecer que están en el olimpo de los grandes temas-país les otorgaría el don de la respetabilidad política. Como mucho, la cercanía se reduce a la cuña visual del besador de infantes y de la inauguración de casco blanco. Los más audaces llegan hasta los pies con barro de la inundación anual.
¿No es acaso una función fundamental del político profesional el establecer canales de comunicación?. Al parecer hay ciudadanos que disfrutan que los políticos sean una suerte de semidioses a los cuales solo se puede acceder sorteando una corte de jefes de gabinete, encargados de comunicaciones o eternas peticiones de audiencia. O simplemente la molestia es cuando los que se comunican son de la vereda del frente.
También suelo leer que la gente critica a la presidenta o al ministro Vidal cuando dan opiniones políticas. El argumento es que al estar en cargos de Estado representan a todos los chilenos. Sin embargo, por definición, su elección proviene de que un grupo mayoritario (esto no siempre es así en el caso de nuestros binominales parlamentarios) tiene ideas políticas similares y emitió su voto a su favor. Por lo tanto el defender las ideas de su sector o secta es parte intrínseca de su ethos político.
Parece ser que la pesada herencia del gobierno militar caló hondo en los chilenos. En forma de miedo, ignorancia y temor irracional a todo lo que suene a disenso, opinión, pensamiento crítico. En fin, a la razón misma de la política.
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